miércoles, 13 de julio de 2016

Jugar a la introspección

Esperé. Los auriculares sonaban distinto a otros días, mejor que nunca. De repente empecé a entender todo. O casi. El ómnibus iba lleno pero no me molestaba. Las ideas venían a mi mente como los rayos de sol que se me impregnaban por la ventanilla. Todos corrían, no les daba el tiempo. A mí las horas no me rozaban. El frío no me tocaba el cuerpo. Me acordé de una melodía particular que había escuchado alguna vez en algún lugar. Me hizo acordar a algo, no sé a qué. (Como esos sueños que no están del todo claros cuando recién te despertás). Tenía tiempo. Me senté en una plaza y miré las ventanas de los edificios que estaban cerca. Los colores eran claritos, también tenían algo en particular. Jugué un rato a encontrarle formas a las nubes, como casi siempre. Estaban tan definidas. No entendía cómo nadie veía que ahí había un conejo o un micrófono. Dibujé a alguien en una hoja que tenía por ahí, creo que era yo, era mi cerquillo. Me fui caminando hasta no sé donde. Y ahí entendí que sí, se trata de estos espacios, de estos tiempos con uno mismo, un pedacito de tiempo entre medio de tantas responsabilidades. Encaminarme mientras camino. De repente juego a la introspección y está todo bien, ¿entendés? Se trata de eso, de los momentos.

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