miércoles, 14 de septiembre de 2016

Relatos no tan ajenos

El pelo le caía de alguna manera todavía no inventada. El color de su piel y de sus labios; se concentraban todos los matices ahí (en el mismo lugar, a la misma hora). Esperaba sentada en un murito, o sentada en el piso, no me acuerdo (¿esperar qué?). Casi siempre coincidía con la inspiración de sus pensamientos y sus palabras. No sé si esperaba situaciones o momentos, no sé si le gustaba observar o imaginar, pero su mirada se estrellaba como si fuese más que eso, como si los desencuentros en la vida fueran otra cosa. Las paredes de las casas ajenas están queriendo decir algo, creo. Parecen cuadros colgados en el aire, en las chimeneas inexistentes.
No se quiere despegar tanto de lo que existe, de lo que no. Se ve desde tan lejos.
"¿Qué es estar en la misma sintonía con las personas?". Se mira las piernas. No sabemos responder algo así, tan simple. Algunas veces pensaba y aparecían subtítulos. "Me gusta cómo soñás aunque después nada sea verdad".
Navegaba entre los cuentos no contados y los sueños todavía no hechos realidad. El miedo se va transformando en cosas lindas y entiende que a veces la independencia se puede transformar en dependencia, unos minutos. Cuesta entender, cuesta crecer. Y el sol se va, aunque después vuelva. La lluvia también, Cecilia.

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